miércoles, 29 de enero de 2014

101lugaresincreibles.com

20 Rincones curiosos

“Señor Presidente”, por D. Blas Piñar López:


“Bien sabe Dios que nos duele el alma al tomar la pluma para escribir lo que sigue. La tentación que se escurre zalamera, invitando al silencio y a la comodidad de la murmuración irresponsable, ha tratado de amordazar la pluma -que tiene su lenguaje escrito- y dejarla inoperante sobre la mesa. Pero hay que vencer la tentación de las omisiones. Es preciso alejarse, cuando llega la hora difícil, de los canes mudos y de la música frívola y alquilada que pretende desorientar y aturdir, para que no se oigan ni la voz amenazante del enemigo despiadado que avanza con dinamita, haciendo correr la sangre, ni el grito de dolor de cientos de miles de españoles sacrificados por una causa nobilísima que ahora se vilipendia y escarnece. No podemos callar, por dura que sea la medida que contra nosotros pueda arbitrarse.
“Señor presidente: usted nos ha aludido, sin nombrarnos, unas veces en exclusiva, y otras, quizá, englobándonos en un abanico más abierto de acusaciones generales, en sus declaraciones a la Agencia oficial EFE, publicadas el pasado día 11. Nosotros, que estamos acostumbrados a recibir golpes y a encajarlos, nos damos públicamente por aludidos.
“Señor presidente: desde el 12 de febrero, desde su discurso ante el pleno de las Cortes, discurso que nosotros no aplaudimos, viene usted aireando una política de democratización del país, apelando a la mayoría de edad, propugnando el asociacionismo como cauce de participación política, haciendo profesión de fe y de lealtad al futuro y equiparando a los maximalismos de uno y otro signo.
“Señor presidente: nosotros creíamos, de acuerdo con las Leyes Fundamentales del Estado -de las que por razón de su alta magistratura debe ser usted un servidor ejemplar- que España, según tantas veces ha dicho y recordado Francisco Franco, artífice del Régimen, era una democracia orgánica, por lo que, siendo democracia, el proyecto de democratización que usted propugna no puede ser otro que su transformación en una democracia inorgánica y liberal, que nosotros rechazamos.
“Señor presidente: nosotros creíamos que el pueblo español había alcanzado su mayoría de edad hace muchísimo tiempo, cuando los Reyes Católicos crearon la nación y pusieron un Estado a su servicio; y que esa mayoría de edad, el pueblo español -del que tanto se habla y al que tan poco se respeta- la ha confirmado, ratificado y revalidado en numerosas ocasiones, y últimamente optando por la lucha armada y por un derroche de heroísmo, a fin de mantener su unidad, su grandeza y su libertad, durante los años de la Cruzada, de la que fue conductor Francisco Franco.
“Señor presidente: nosotros creíamos que la unidad no era la uniformidad, pero también creemos que la diversidad no es la dispersión, y menos aún el enfrentamiento, y que, por lo mismo, ni la solución política del partido único ni la solución política de la multiplicidad de partidos eran la nuestra, porque la nuestra, conforme a las doctrinas del Tradicionalismo y de la Falange -que nació como antipartido-, está en el Movimiento, haz de Principios Fundamentales y de organización, de tal manera que aquellos sin ésta se volatilizan, y ésta sin aquellos se reduce a burocracia y nómina. Por eso, señor presidente, nosotros, que hemos oído en tantas ocasiones decir al Jefe del Estado y del propio Movimiento que en éste son indispensables las ideas, la estructura, la disciplina y el jefe, no acertamos a comprender la posibilidad de asociaciones políticas identificadas -salvo en el nombre- con los partidos políticos, ni entendemos cómo las mismas, tal y como usted las define, pueden coordinarse con el Movimiento definido por Francisco Franco.
“Señor presidente: nosotros creíamos que el futuro o es una consecuencia del pasado o es una ruptura con el mismo. Pero no entendemos, o quizá nos sorprende entender, lo que usted ha querido decir con esa proclamación repetitiva, por utilizar una de sus palabras, de lealtad al futuro, que por sí solo es el vacío, y que, de no serlo, usted no califica como la perfección y el normal y homogéneo desarrollo de un sistema político cuyo nacimiento, viabilidad y vitalidad arrancan de los ideales y las banderas que los signan, del 18 de Julio.
“Señor presidente: nosotros creíamos que el maximalismo de cierto signo, el que usted, sin duda, nos atribuye, no era malo ni autoexcluyente. Me gustaría que usted señalase un solo párrafo de nuestros discursos, conferencias o artículos en el que nos hayamos colocado en la heterodoxia doctrinal del Régimen, en que hayamos atacado alguna de las Leyes Fundamentales y en especial los Principios del Movimiento, en que hayamos exaltado a alguno de sus enemigos o minimizando o despreciado a los que nos dieron la doctrina y el ejemplo. Por eso, no entendemos y rechazamos, que usted, tomando palabras ajenas, nos ponga en el mismo lugar y nos equipare con la ETA y con el Partido Comunista.
“Señor presidente: nosotros creíamos y seguimos creyendo que usted actúa de buena fe, que trata de servir a España en esta hora incierta, y que, por tanto, no actúa movido por ‘ambiciones personales que, como es lógico, siempre tenderían a revestirse de coartadas ideológicas’. ¿Por qué públicamente -y como contraste- nos echa en cara ambiciones personales a los que no comulgamos ni con sus ideas ni con su programa? ¿Es así como entiende usted el pluralismo político, la democratización y la mayoría de edad del pueblo español? ¿Por qué nos ofende desde su puesto de gobernante? Admito que usted nos crea equivocados. Pero que nos dejemos llevar de ambiciones personales los que venimos escuchando insultos, calumnias, difamaciones, prohibiciones y amenazas por mantener unas ideas que consideramos consustanciales con España, es inadmisible. Usted ha hecho esa declaración que nos duele; pero el estilo no es suyo; deber ser de un amanuense distinguido y retórico que cuela lo que más le acomoda.
“Señor presidente: usted, sin duda, se refiere a nosotros cuando habla de la ‘incomprensión y reticencia en algunos sectores proclives a anclarse en la nostalgia’ y nos imputa un ‘intento monopolizador’. Es una pena que su amanuense no haya encontrado frases más originales y distanciadas de las que acostumbra a usar en escritos no oficializados. Son las frases de los que nos increpan a diario. Pero usted sabe que, si hay nostalgia entre nosotros -que, por otra parte, no deja de ser un sentimiento respetable-, es por la paz que estamos perdiendo; por el orden moral que hoy se quebranta; por la tranquilidad de los españoles, que se ha transformado en zozobra; por las vidas no sólo de los que velan por la seguridad de los ciudadanos, sino de los ciudadanos que caen sin otras lamentaciones que las puramente verbales y el consabido eslogan publicitario de serenidad y democracia; por el honor del país, quebrantado en tantas latitudes y de tantas maneras, sin una reacción gallarda que nos alcance el respeto que la nación y el pueblo, tan ‘mayor de edad’, merecen y exigen.
“Señor presidente: usted, al aludir a las ‘fórmulas apriorísticas de incorporación de la juventud a las tareas nacionales’, al referirse a ‘equívocas atribuciones de representatividad’ por parte de ‘un sector más o menos controlado y dirigido’, ha dado un golpe rudo y exterminador a una de las obras, no por deteriorada menos querida, del Movimiento: la Organización Juvenil. Usted la ha descalificado, abrogado con lenguaje oficial, discriminado ante la opinión pública. Si usted ha sido capaz de comportarse así con algo tan querido de Franco, tan metido en la entraña del Sistema, tan vinculado a la Secretaría General y a un ministro de su Gobierno, ¿cómo pueden extrañarnos los piropos que nos dirige en sus declaraciones a la Agencia EFE?
“Señor presidente: tenga la seguridad de que nosotros no tenemos ningún propósito monopolizador, y que, desde luego, no monopolizamos la verdad. La verdad es demasiado grande para que nosotros la poseamos y monopolicemos. Lo hemos dicho muchas veces: es la verdad -la que nos hace libres y, por tanto, dignos -la que nos posee a nosotros, y a la que nosotros, llenos de imperfecciones, modestamente pero ardorosamente servimos. En cualquier caso, aunque sería un mayúsculo e inalcanzable propósito el de monopolizar la verdad, sería más disculpable que monopolizar de hecho el error, acumular errores tras errores, corromper el alma del país, dejarlo a la intemperie, y obligarle o a rehacer su historia combatiendo o a sumirse en la esclavitud y la barbarie sin esperanza.
“Señor presidente: no le preocupe demasiado si nuestra posición y nuestra manera de pensar son ‘legítimos en el ancho espectro del deseable pluralismo político’, porque, como usted dice acertadamente, tal posición y tal manera de pensar son ‘incompatibles con las responsabilidades públicas asumidas por el Gobierno’. Estamos convencidos. Pero fíjese bien: es usted, y no nosotros, el que nos arroja a la cara la incompatibilidad, el que nos excluye, el que niega que podamos ser escuchados y atendidos si tuviéramos razón.
Si nuestra actitud ‘no interfiere ni puede interferir la acción del Gobierno’, es usted el que nos elimina; el que, después de llamarnos maximalistas y ponernos en el mismo lugar que a los asesinos de Carrero Blanco, de taxistas, policías, guardias civiles y ciudadanos de toda clase y condición, nos rechaza olímpicamente, públicamente, oficialmente y con desprecio.
“Señor presidente: muchas gracias, porque la claridad ilumina y hace que las decisiones se tomen sin dudas ni inquietud. Nos autoexcluimos de su política. No podemos, después de lo que ha dicho, colaborar con usted, ni siquiera en la oposición. No renunciamos a combatir por España, pero hemos comprendido que nuestro puesto no está en una trinchera dentro de la cual se dispara contra nosotros y se airean y enarbolan estandartes adversarios.
“Señor presidente: en un diario catalán, que no se destaca precisamente por su adhesión al Régimen, se decía: ‘Arias ha mojado su dedo índice, lo ha levantado y ha dicho: ‘Por ahí’.’ Pues bien, nosotros no queremos ni obedecerle ni acompañarle. Pero fíjese bien en quiénes le acompañan y adónde le acompañan. Piense si le dirigen o le empujan. Y no se lamente al final si contempla cómo ese tipo de democratización que tanto urge se levanta sobre una legión de cadáveres, de los que son anuncio y adelanto, cuando esa democratización se inicia, los que se sacaron de los escombros, el 13 de septiembre, del corazón mismo de la capital de España”.

Blas Piñar, el imposible franquismo sin Franco. Jose Javier Esparza


En su trayectoria hay algunas cosas que nadie podrá negarle: una, su integridad personal; dos, su fe inquebrantable en el Dios que ahora le acoge; tres, que supo anticipar en su momento muchos de los males que hoy mismo están azotando a España.
Era un hombre íntegro y cabal. De todo cuanto va a decirse de él en estos días, eso es algo que nadie podrá negarle. En los finales setenta, cuando más fuerte era la ofensiva de la prensa de izquierdas contra su persona, lo más que se le pudo encontrar con la pretensión de ridiculizarle fue el marbete de “caballero cristiano”. Pensaban que le ridiculizaban, sí, pero en realidad le hacían un honor, porque Blas Piñar, con sus profundos errores, también con sus defectos, nunca quiso ser otra cosa que eso.
Para entender a Blas Piñar hay que situarse no en 1975, sino en 1967. Es el año en que entra en vigor la Ley Orgánica del Estado, preparada por López Rodó y Fernández de la Mora, aprobada en referéndum el año anterior, que institucionaliza la monarquía como forma de Estado y abre el campo a las asociaciones políticas. Es el año en que Fraga –todavía ministro- empieza a dar vueltas a su “teoría del centro”. Es el año en que un ‘apparatchik’ del Movimiento llamado Adolfo Suárez se estrena como procurador en Cortes. Es el año en que Don Juan Carlos ya ha decidido saltar por encima de su padre para aceptar la corona que Franco enseguida le va a ofrecer. Es el año, en fin, en que el franquismo se ve abocado a una inevitable metamorfosis. Y seguramente fue el año en que Blas Piñar decidió quién quería ser el resto de su vida.
En aquel momento Blas Piñar es un notario de 49 años con una cierta carrera dentro del régimen a través del Instituto de Cultura Hispánica. Un hombre de Franco, sí, pero no exactamente del Movimiento: hijo de militar, niño del Alcázar -allí vivió el asedio con 17 años-, su campo está más bien en la Asociación Católica de Propagandistas y en Acción Católica. Es su militancia en esos ámbitos lo que le ha dado proyección pública. No es un nacionalsindicalista ni un requeté, tampoco un monárquico de la oligarquía alfonsina; es un tradicionalista católico, en la estela de Menéndez Pelayo, que ve en el régimen de Franco, tal y como nació el 18 de julio de 1936, la mejor defensa de la fe contra el comunismo y el ateísmo que se ha adueñado de medio mundo. Y desde esa convicción decide apostar por la preservación de un orden político que considera superior a cualquier otra alternativa.
Fuerza Nueva nació ahí, en esa circunstancia, y desde entonces no varió un ápice sus posiciones. Mientras las distintas familias del franquismo buscaban un lugar bajo el sol, Fuerza Nueva se empeñó en permanecer en su particular Alcázar. Así cayó víctima de la gran contradicción del régimen: la política de Franco había hecho que la sociedad española evolucionara a toda velocidad, pero el sistema ya no era capaz de amoldar sus instituciones a la nueva realidad que él mismo había creado. Fuerza Nueva seguía en la cruzada, pero ¿qué cruzada cabe cuando los cruzados ya han ganado y han dejado las armas para dedicarse a una vida más confortable? Cuando murió el general, en 1975, España amaneció a una nueva situación en la que un rey escogido por Franco y una clase política nacida de las estructuras del franquismo acordaron desmantelar el Estado del 18 de julio. Blas Piñar se puso enfrente. Alrededor de su indudable capacidad de liderazgo agrupó a quienes aún pensaban que era posible un franquismo sin Franco. Curiosamente, no levantaron como bandera al Franco triunfador, el del crecimiento económico, la Seguridad Social y la alfabetización masiva, sino al Franco alzado en armas, es decir, aquello que la inmensa mayoría de la población prefería no recordar. Era el peor camino posible para que una fuerza política alcanzara el poder, pero es que Blas Piñar, seguramente, nunca quiso semejante cosa.
Aún así, el electorado no le dio la espalda. En 1979 consiguió casi 380.000 votos, es decir, sólo 100.000 menos que Jordi Pujol y 80.000 más que el PNV, aunque el sistema electoral le dejó sólo un diputado: él. El golpe del 23-F, sin embargo, vino a dejar noqueado al público clásico de la derecha nacional, que se pasó a la Alianza Popular de Fraga. Blas Piñar seguía recogiendo ovaciones entre su gente, pero sólo ovaciones, no votos (“Queredme menos y votadme más”, dicen que decía). Fuerza Nueva acabó disolviéndose como partido –no como grupo cultural- y su líder pasó a segundo plano. El intento de entroncar con las derechas nacionales europeas en las elecciones de 1989 se saldó con un sonoro fracaso: ya era demasiado tarde para resurrecciones. La derecha católica y patriótica que Blas Piñar podría haber encabezado se había trasladado al mucho más cómodo nido del Partido Popular (donde, como es sabido, acabaría extinguiéndose). Fin de trayecto.
Es difícil levantar la bandera de la fe cuando la Iglesia se te pone enfrente, es difícil levantar la bandera del patriotismo cuando la patria te mira con malos ojos, es difícil levantar la bandera del orden cuando la mayoría de la sociedad se siente más a gusto en el desorden. Blas Piñar quiso ser un cruzado que levantara todas esas banderas, sin percibir que la sociedad a la que se dirigía ya no podía reconocerse en tales enseñas. En su trayectoria, unánimemente vituperada por izquierdas y derechas, hay sin embargo algunas cosas que nadie podrá negarle: una, su integridad personal; dos, su fe inquebrantable en el Dios que ahora le acoge; tres, que supo anticipar en su momento muchos de los males que hoy mismo están azotando a España.
Descanse en paz. Hacía mucho tiempo que sus ojos estaban puestos ya en este último umbral.


Blas Piñar

Dolido quedárame, quedárame doliente
pensado nunca lo hubiere.
Que este corazón de pálpitos abrumador,
de fe lleno y rebosante,
de pecho descubierto,
de pobre soldado...
de humilde cristiano...
Que este corazón - digo -
sintiera doliente el adiós
de un Caballero Cristiano
ejemplo gallardo y honrado
de Fe, de Patria y Justicia
de Esperanza y Caridad,
es signo claro, evidente,
que el que se fue
consigo llevárase algo
que los que quedamos
perdiéramos para siempre,
como Hispanos y como Cristianos
- que la misma cosa fuere -.
El último caballero, don Blas,
dejáranos ha sin reino,
el reino de Nuestro Señor,
el reino de Cristo Rey.
Reino por el que juró,
reino por el que luchó,
reino por el que vivió y murió
El Rey de Reyes hoy recibe al caballero
pero... ¡ay de nosotros, centinelas en tinieblas,
soldados sin bandera!
¿habrá quien levante la Cruz
para nos morir por Ella?

DESDE MI CAMPANARIO: Moral y leyes: Un “sambenito” al que la Iglesia no puede renunciar

DESDE MI CAMPANARIO: Moral y leyes: Un “sambenito” al que la Iglesia no puede renunciar

miércoles, 10 de agosto de 2011

LA INSENSATEZ DE LOS QUE OLVIDAN A DIOS (S14)

El necio se dice a sí mismo:
"No hay Dios".
Todos están pervertidos,
hacen cosas abominables,
nadie practica el bien.

El Señor observa desde el cielo
a los seres humanos,
para ver si hay alguien que sea sensato,
alguien que busque a Dios.

Todos están extraviados,
igualmente corrompidos;
nadie practica el bien,
ni siquiera uno solo.

¿Nunca aprenderán los malvados,
los que devoran a mi pueblo
como si fuera pan,
y no invocan al Señor?

Miren cómo tiemblan de espanto,
porque Dios está a favor de los justos.

Ustedes se burlan de las aspiraciones del pobre,
pero el Señor es su refugio.

¡Ojalá venga desde Sión
la salvación de Israel!
Cuando el Señor cambie la suerte de su pueblo,
se alegrará Jacob,
se regocijará Israel.